El caso del estudiante baleado en La Calera es un llamado de atención urgente sobre la violencia juvenil. No es un hecho aislado, sino la manifestación extrema de una problemática que se gesta en las sombras de nuestra sociedad.
La psicología nos revela que algunos jóvenes pueden tener predisposiciones genéticas o neurológicas hacia la violencia. Sin embargo, estas predisposiciones se ven amplificadas por entornos marcados por el maltrato, el abandono y la falta de referentes positivos. La infancia y la adolescencia son etapas cruciales para el desarrollo de la autorregulación emocional y la capacidad de empatía. Cuando estas bases están rotas, la frustración y el dolor pueden encontrar una salida violenta.
Vivimos en una sociedad donde el individualismo y la competencia desmedida a menudo eclipsan la solidaridad y el cuidado mutuo. El éxito se mide por la acumulación de bienes materiales, sin importar los medios. Esta lógica utilitarista permea a los jóvenes, quienes internalizan y reproducen estos valores.
Las drogas, por su parte, actúan como un catalizador de la violencia. El consumo de sustancias psicoactivas altera el juicio, potencia la impulsividad y, en muchos casos, está ligado a dinámicas de criminalidad. Para los jóvenes que han sufrido abandono, las drogas pueden convertirse en una vía de escape, cerrando un círculo vicioso de vulnerabilidad y violencia.
La caída de las figuras de autoridad agrava aún más la situación. Familias debilitadas, escuelas sobrepasadas y sistemas de justicia deslegitimados crean un vacío donde la norma pierde sentido. La violencia se convierte en un medio de validación frente a los pares, especialmente en contextos grupales donde la responsabilidad individual se diluye.
No podemos seguir ignorando esta realidad. Necesitamos un enfoque integral que aborde las causas estructurales de la violencia juvenil. Políticas públicas que fortalezcan la salud mental, promuevan vínculos significativos y ofrezcan espacios de pertenencia son esenciales.
Reconstruir el tejido social, recuperar el valor del respeto mutuo y restaurar la confianza en las normas colectivas son tareas urgentes. Solo así podremos construir un futuro donde la violencia no sea la norma, sino la excepción.
Miriam Pardo, académica de la Escuela de Psicología de la U. Andrés Bello, Sede Viña del Mar
Fuente: Vía Central